La ciudad olvidada
Domingo, 05:00 pm. A esa hora de la tarde de un domingo potosino los bares están cerrados y las calles desiertas. “¿Qué se puede hacer en la ciudad un día como hoy?” le preguntamos al chico que nos atendió en el albergue donde nos alojamos. “Bueno…la gente suele ir al partido de fútbol”, nos contestó. Así que para allá nos fuimos. Potosí está a 4070 metros de altura. ¿Os podéis i

Cuando los hinchas desaparecieron entre las callejuelas de la ciudad, Potosí volvió a verse apagada a pesar de las luces que iluminan el cerro rico cuando anochece. Descubrimos que uno de los cines de la ciudad proyectaba “Cocalero”, un documental que sigue a Evo Morales durante los meses de campaña electoral previos a su llegada al gobierno. La película te permite conocer un poco al hombre que está detrás del presidente de Bolivia y su historia personal antes de serlo, pero te deja un extraño sabor de boca. Muestra una imagen de un tipo humilde y con don de gentes, fiel a sus principios y con una gran poder de convocatoria, más que de convicción, que se gana tu simpatía rápidamente. En eso no hay nada raro. Lo raro viene en la persona que lo acompaña continuamente, el vicepresidente del partido, creo recordar, que parece ser algo así como el ideólogo del MAS, un hombre de piel blanca encantado con la imagen que proyecta Evo Morales y las masas que moviliza. En mi opinión, un sujeto sospechoso que inquieta nada más aparecer en la pantalla y que hace que te lleves la sensación de que Evo es un pelele sentado en las manos de este patán. De todas formas, ved el documental si os lo encontráis.
Los turistas no destinan demasiados días a visitar Potosí, a pesar de la historia que carga en la loma esa ciudad enclavada en las nubes. Van a la Casa de la Moneda, el museo más grande de Bolivia, y hacen una excursión adentrándose en las minas de la ciudad. Oriol y yo estábamos de acuerdo desde el principio en que entrar en una mina para ver las condiciones infrahumanas en las que trabajan, aún hoy, los mineros era algo que no queríamos hacer. Personalmente me despierta demasiado respeto sumergirme en un submundo donde sé que ha perecido tanta gente por un pedazo de oro o plata, donde tantas personas han trabajado como esclavos hasta agotar el último aliento para adornar los cuellos europeos. Bueno, y también un poco de miedo. ¡Vaya, que no fuimos! ¡Ni a la Casa de la Moneda tampoco! Pero eso no fue rebeldía progre, sino un pequeño error de planificación: los lunes el museo está cerrado. Así que callejea

Al día siguiente decidimos visitar el primer museo de nuestro viaje. Sustituimos las ganas viejas por ver la Casa de la Moneda por unas nuevas proyectadas sobre el Convento de Santa Teresa, un convento de monjas de clausura que ha habilitado una parte de sus instalaciones como museo. Interesante el lugar, pues a través de las monjas se conoce la forma de vida de los siglos de apogeo de la ciudad, no sólo de estas mujeres dentro de su encierro, sino también las costumbres sociales del exterior.
Potosí es más increíble por lo que vio y dejó de ver de la noche a la mañana que por lo que es hoy en día. Dicen que hasta las herraduras de los caballos eran de oro en la época de auge de la ciudad de Potosí. Esa ciudad que llegó a estar entre las más grandes y más ricas del mundo en el siglo XVI, cuando Nueva York ni siquiera había empezado a llamarse así, y que fue convertida en el centro de la vida colonial americana.
Tomando la narración que hace Eduardo Galeano en su libro “Las venas abiertas de América Latina”, que recomiendo encarecidamente, me gustaría contar lo que dice la historia de esta ciudad que tanto ha visto. “La historia de Potosí no había nacido con los españoles. Tiempo antes de la conquista, el inca Huayna Cápac había oído hablar a sus vasallos del Sumaj Orcko, el cerro hermoso, y por fin pudo verlo cuando se hizo llevar, enfermo, a las termas de Tarapaya. Desde las chozas pajizas del pueblo de Cantumarca, los ojos del inca contemplaron por primera vez aquel cono perfecto que se alzaba, orgulloso, por entre las altas cumbres de las serranías. Quedó estupefacto. Las infinitas tonalidades rojizas, la forma esbelta y el tamaño gigantesco del cerro siguieron siendo motivo de admiración y asombro en los tiempos siguientes. Pero el inca había sospechado que en sus entrañas debía albergar piedras preciosas y ricos metales, y había querido sumar nuevos adornos al Templo del Sol en el Cuzco. El oro y la plata que los incas arrancaban de las minas de Colque Porco y Andacaba no salían de los límites del reino: no servían para comerciar sino para adorar a los dioses. No bien los mineros indígenas clavaron sus pedernales en los filones de plata del cerro hermoso una voz cavernosa los derribó. Era una voz fuerte como el trueno, que salía de las profundidades de aquellas breñas y decía, en quechua: "No es para ustedes; Dios reserva estas riquezas para los que vienen de más allá". Los indios huyeron despavoridos y el inca abandonó el cerro. Antes, le cambió el nombre. El cerro pasó a llamarse Potojsi, que significa: "Truena, revienta, hace explosión".
"Los que vienen de más allá” no demoraron mucho en aparecer. Los capitanes de la conquista se abrían paso. Huayna Cápac ya había muerto cuando llegaron. En 1545, el indio Huallpa corría tras las huellas de una llama fugituva y se vio obligado a pasar la noche en el cerro. Para no morirse de frío, hizo fuego. La fogata alumbró una hebra blanca y brillante. Era plata pura. Se desencadenó la avalancha española.
Fluyó la riqueza. El emperador Carlos V dio prontas señales de gratitud otorgando a Potosí el título de Villa Imperial y un escudo con esta incripción: "Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes y envidia soy de los reyes”.
El oro y la plata se la llevaron los españoles y la Iglesia. Hoy, acabados los metales preciosos, en Potosí se explota el estaño que se había arrinconado durante siglos. Por lo que cuentan, el cerro ha ido cambiando de color a medida que lo han ido agujereando y vaciando. De esta forma también ha bajado el nivel de la cumbre.
“Primero se fueron los ricos y después también se fueron los pobres”. Potosí tiene ahora 3 veces menos habitantes que hace 4 siglos. Los palacios y las iglesias coloniales se mantienen de pie no se sabe cómo, pero ahí siguen, dando fe del utilitarismo que sufrieron esas tierras y sus gentes por parte de Occidente.
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