Y golpean...
Nuestro viaje murió en Lima. Y digo morir porque suena más poético, porque en mi opinión los viajes no mueren, perviven más o menos vivos en la memoria, en el discurso, en la mirada del viajero.
Y golpean...
Nuestro viaje murió en Lima. Y digo morir porque suena más poético, porque en mi opinión los viajes no mueren, perviven más o menos vivos en la memoria, en el discurso, en la mirada del viajero.
Y golpean...
Y en Lima no se puede decir que no aprovechásemos el tiempo. Sobretodo nos dedicamos a conocer la ciudad en su versión nocturna (logramos compensar la falta de excesos del resto del mes en sólo dos noches en la ciudad). Nos encontramos con locales
En Lima vi el Océano Pacífico por primera vez en mi vida y hasta conseguimos ver el sol. Toda una hazaña (aunque casual), porque el cielo limeño se pasa todo el invierno encapotado. Comimos todos los platos típicos que nos pasaron por delante: el ceviche, el ají de gallina, la leche de tigre, las papas a la huancaína... ¡Recórcholis! ¡Qué bien se come en Perú! Nos fuimos, sí, pero con el mejor sabor de boca.
Decidir qué compañía de autocar escogíamos para viajar hasta Lima fue todo un asunto. Nos habían contado historias de todos los colores acerca de ese trayecto. Autobuses despeñados por la montaña, autobuses atracados por ladrones en medio de los Andes, autobuses accidentados a media hora de la llegada a su destino…Hay que decir que la mayoría de los cuentitos eran del primer tipo y que en general había 2 o 3 compañías que siempre pringaban y 1 o 2 que solían salvarse. A pesar de las estadísticas, la mayoría de la gente continuaba prefiriendo a esas 2 o 3 que más accidentes tenían. “¿Y por qué?”, se preguntarán ustedes. Pues porque los autobuses (los que llegan) llegan antes. Eso de despacio pero seguro no va con los peruanos. Y bueno… nosotros no somos ningún ejemplo de racionalidad. El autobús que más nos convenía por horario pertenecía a una de las empresas “desafortunadas”, y después de pensarlo un rato, y desoyendo los consejos que nos habían dado, compramos los boletos para el que nos interesaba. ¡Y salió bien! Bueno, fue una tortura de viaje y si no llega a ser por nosotros ni llegamos, pero... Me explico: para una vez que encontramos un autobús con televisor que
Al final llegamos con dos horas de retraso sobre el horario previsto. Y es normal, porque el autobús no paraba de detenerse para recoger a gente en la carretera. Pasajeros sin billete, que apañaban un precio con el conductor y viajaban de pie las horas que fuese. Nosotros ya estábamos acostumbrados porque en Bolivia esa es práctica habitual. ¿Y es que cómo vas a dejar a alguien tirao en la cuneta en medio de los Andes? No se puede.
Y al final del trayecto, la recompensa: reecontrarnos con Kike después de año y medio. Él era el principal motivo de cruzar a Perú, así que no podíamos perder ni un momento, ahora que por fin estábamos juntos.